Completando mi semana de "tripeo" he ido a cenar con mi amigo Andy a su restaurante Tailandés (o Thai) favorito, cerca de mi apartamento (bueno, 10 minutos de mi apartamento, 10 minutos de su casa). Como siempre, lo hemos pasado bien porque la conversación es variada, interesante, amena, divertida y normalmente vamos a restaurantes donde la comida está bien. La comida Thai de hoy era excepcional. Quizás lo que más me ha llamado la atención han sido los rollitos de primavera rellenos de finísimos fideos transparentes. No sé si son fideos de algas o fideos de arroz pero la cosa estaba buenísima. Los platos principales, generosos y sabrosos. Tanto que aunque hemos compartido sendos platos para poder probar más variedad (Olga, oyes eso?), ha sobrado y nos hemos llevado cada uno un doggie bag, más bien doggie box.
Hacia el final de la cena, a eso de las 9.10pm, cuando ya comenzaban a echarnos porque cerraban, Andy me ha explicado una historia singular que me gustaría anotar en mi cuaderno de bitácora para recordarla en el futuro y quién sabe si para inspirar buen rollo a alguien de mis asiduos. Como apunte, fijaos los de la piel de toro que aquí chapan el chiringuito hacia las 9 y realmente comienzan a poner mala cara hacia las 9.30 si no has abandonado el local. En España, las 9 es la hora a la que las cocinas comienzan a calentar motores y las 9.30pm la hora correcta para quedar antes de cenar. La diferencia cultural...
Bueno, pero aquí va la historia: resulta que a finales de los años 90, Andy y su mujer Dottie estaban cenando en el restaurante de un familiar del dueño del restaurante donde hemos estado (creo recordar que su hermano). Este hombre, emigrado con lo puesto desde Vietnam en los años 60, a donde había emigrado desde la China comunista, decidió reunir todo el dinero que pudo y abrió un restaurante de comida Vietnamita. El restaurante se hizo popular y al poco abríó una segunda sucursal con las ganancias del primero, después otro y otro más. Poco a poco fué construyendo la buena vida que nunca tuvo antes y con el dinero que ganaba con los restaurantes fue trayendo poco a poco a toda su familia a EEUU, a los que les daba la posibilidad de trabajar en alguno de sus restaurantes. Al cabo de los años su trabajo duro le llevó a la prosperidad y se encontró con que la modestia de sus orígenes se había transformado en un pequeño imperio de restauración e incluso viajaba a menudo a Vietnam a supervisar un centro de ayuda a los necesitados que había ayudado a financiar. Total, que aquella noche, el señor se acercó a la mesa donde Andy y Dottie cenaban y le preguntó a ella si era maestra de la escuela que había allí cerca. Ella contestó que sí. El señor le dijo en un inglés rudimentario "ayudarás a mi hija". Dottie inicialmente le dio largas pero al cabo de unos días de insistir, dijo que le llevara a la niña a casa y que la conocería. La niña en cuestión, de 2 años y medio por entonces (ahora a punto de graduarse de educación secundaria) tenía lo que creían que era autismo. La niña llegó a la casa y se puso a gritar y correr como loca. Tenía en realidad un síndrome similar al autismo que puede ser más controlable si se sabe diferenciar. El caso es que estos niños son hiper sensibles a estímulos cotidianos de forma que fácilmente están saturados y se vuelven "locos". El caso es que la niña estuvo por casa a su rollo completamente desquiciada a pesar de los esfuerzos de Dottie (por entonces veterana maestra de escuela) por que se relajara. Pero Dottie y Andy aceptaron el reto y Dottie, en aquellos tiempos pre-internet, se fue a la biblioteca y se puso a leer sobre Autismo infantil, y parte de la lectura explicaba síntomas y posibles avenidas para avanzar en la ayuda a este tipo de críos. Leyó que estos niños adoran encontrar algo que les relaje. Y leyó que un terrario era algo que había funcionado con otros niños que tenían este síndrome similar al autismo (no me acuerdo del nombre). Como no querían meter un cajón con tierra en casa porque la niña llenaría de arena la casa entera, decidieron comprar una caja grande de plástico y llenarla de arroz. Compraron un saco gigante de arroz barato y cuando vino la niña por enésima vez, allí encontró el arroz. La niña paró sus berridos habituales, miró el arroz, se arrodilló y empezó a meter las manos en silencio. Su cara cambió totalmente y miró a Dottie con una sonrisa calmada. Felicidad. Andy, que andaba por allí, vió la escena y se le quedó la boca abierta. Increíble! habían clavado el diagnóstico de la niña y comenzaban a encontrar la forma de llegar a ella. Dottie leyó más, siguió dándole horas a la niña cada semana por años. Con el tiempo, fue consiguiendo que la niña se abriera a estímulos y poco a poco fuera aprendiendo a controlar esa hiper estimulación sensorial que sentía. Al cabo de un tiempo, la pequeña se fué incorporando a la normalidad de la escuela y Dottie comenzó a aceptar en su clase (clase estándar) a otros niños autistas o hiper sensibles y poco a poco empezó a hacerse un cierto nombre en los círculos relacionados con educación de niños autistas. La integración de estos niños en una clase de niños "normales" fue muy positiva según Andy para todos, porque los otros niños, al ver con qué cariño se trataba a la persona diferente y cómo se explicaba que todos somos diferentes y que hay que convivir con las diferencias de los demás, veían un gran ejemplo y se convertían en personas más compasivas y tolerantes. Dottie, por supuesto que obtuvo un beneficio emocional y profesional que no pudo haber preveído. Con el tiempo, aquella niña ya dejó de necesitar la ayuda de Dottie y su lugar lo ocuparon otros niños o niñas que habían oído por boca de otros lo bien que había sabido ayudar a la pequeña vietnamita. Desde entonces, una vez al mes reciben una llamada del restaurante de este señor para invitarles a cenar. Ellos le mandan la comida a casa. Si ya han cenado o tienen otros planes, les llama al cabo de unos días para invitarles de nuevo. Llevan más de 10 años así. Cada vez que han ido a cenar a aquél restaurante, el señor ha rechazado cobrarles la comida o cena.
2 comments:
Una historia preciosa. Gracias, Pablo!!
Muy entranyable la historia y me alegro de haberles conocido en persona y poder poner caras a algunos de los personajes.
Es curioso lo del terrario. En la serie esa que me gusta tanto, sale un ninyo autista al que le chiflan los insectos/reptiles y tiene un terrario. Los guionistas se han informado bien ...
A veces me he preguntado si un terrario les iria bien a los nuestros. Food for thought ...
Olga
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