anoche fui invitado a cenar a casa de Paul, el jefe del grupo donde trabajo aquí en Portland. Conozco a Paul desde que empecé en la empresa, hace 10 años. Por entonces Paul trabajaba en un cubículo justo al otro lado del pasillo donde el mío estaba, con lo cual, si giraba mi silla hacia la salida de mi cubículo, veía a Paul. Recuerdo que él era sin duda una cara amable. Le tenía un poco de pánico por varias razones, ahora que pienso bien: Paul es escocés, y eso por entonces era equivalente al terror extremo. No había forma de entender a un escocés. No para mí recién llegado a Irlanda. La otra razón es que siempre ha sido muy extrovertido y bromista, y yo, con todos mis follones en la cabeza (imaginaros llegar a una empresa nueva como la mía, a un país diferente, con cultura y lenguas que no son la tuya, todo de golpe) no estaba para muchas bromas. Como sabéis, soy más bien tímido y me pongo rojo enseguida. Este chico es de hablar alto, hacer broma, hablar rápido. O sea, que casi la mitad del tiempo estaba poniendo en evidencia que no me enteraba y que no me salían las palabras. Y cuando estás con estrés es peor aún porque no tienes recursos para que se te ocurra algo ingenioso. En tu propia lengua, no tienes ni que pensar en cómo decir las cosas, solo tienes que conseguir que te llegue la idea a la cabeza. En inglés, tienes que tener la idea, rápido, luego traducirla al inglés y esperar que esté bien dicho.
Paul estuvo con nosotros unos años, y luego se transladó con su familia a Oregon. A Paul sí que le he mantenido el contacto intermitentemente. Hemos coincidido en el tiempo durante varias tecnologías. Al principio fui yo quien le dio algo de formación, justo antes de que él viniera aquí cuando pasó de ser un ingeniero de defectos a uno de integración como yo. Recuerdo que me estaba muy agradecido por el training. Luego, con el tiempo, despuntó en la fábrica de aquí y se convirtió en la mano derecha de su antigua jefa. Paul es muy conocido por no tener pelos en la lengua pero de una forma muy graciosa. Muchos escoceses que trabajan aquí para Intel, se aprovechan de su acento peculiar y de su idiosincrasia para pasarse tres pueblos soltando tacos y haciéndose pasar por "campechanos" riéndose de los americanos como si fueran imbéciles. Paul se rie de todo y de todos, no se corta un pelo pero siempre tendrá una sonrisa y hará que el buen rollo sea la tónica en su grupo y su esfera de influencia. Recuerdo como si fuera ayer cuando fui de visita corta desde Arizona a Oregon justo la noche de Halloween. Paul apareció vestido de arriba abajo de naranja: zapatillas de correr naranja holandés, tejanos naranjas, una camiseta naranja, un cinturón naranja e incluso un chaleco de plumón naranja. Todo el mundo se reía pero Paul siempre ha sido un hortera y muy orgulloso de ser el centro de atención.
Anoche lo pasé muy bien en su casa, había otra gente de mi grupo y jugamos a futbolín (les dí bien pal pelo a todos), a billar (también se me dio muy bien), a dardos (en esto de pena), y él iba aderezando todo con disparos con pistolas y ametralladoras Nerf de esas que usan los niños, en este caso las que ya no usan sus hijos, que ya son mayores. Qué risa!! Cuando estábamos a punto de atacar el postre, al final de la cena, se levanta, va a su cuarto y me trae.... una pistola de 9mm de verdad! yo nunca había cogido una. Es más pesada de lo que pensaba, pero muy bonita, la verdad. Supongo que siempre me han gustado las herramientas, sobre todo si requieren mecánica de precisión en sus partes móviles. Esta pistola era una Desert Eagle Israelí. Como nos liamos con el futbolín y estaba lloviendo no fuimos a disparar. Lo mismo otro día... Que nadie se moleste en comentar nada sobre lo peligroso o los dilemas morales. Todo era simpático.
La noche empezó en su garaje, donde está renovando un gigantesco Cadillac de Ville de 1965. Qué coche más chulo (estilo americano, claro) y qué envidia me da el garaje lleno de herramientas que tiene. El resto, relativamente, me gusta ver que sigue fiel a si mismo, que el éxito y la locura de Intel no le ha cambiado y que es todavía un muy buen chico, que además parece que dentro de lo que cabe cuida bien de su gente. Dos de sus 6 subordinados (suena raro) vinieron a cenar, y todos estuvimos relajados y a gusto. Me gusta ver que su mujer Rosalyn es una buena persona, muy normal y que sus hijos adolescentes de alguna forma son formalitos también, no los típicos malcriados americanos. No le envidio el poco tiempo que tiene para dedicarse a la familia y sus hobbies, pero para los estándares de aquí, sabe vivir la vida. Yo, de momento, por la mañana me pasé una hora larga en una tienda de carpintería (Rockler Woodworking and Hardware) hablando con un señor muy amable de maderitas, de herramientas, y me compré tres preciosas tablas de madera: una de roble, una de arce y una de fresno. Divinas. Ya voy pensando en cómo las voy a transformar en algo bonito.
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