Aquí andamos, montados de nuevo en el avión, tratando de conciliar el
sueño, intentando encontrar una postura que me ayude a poder dormir, sin
demasiado éxito. Este es el primer avión, el que me aleja visualmente de mi
familia en la pantalla del mapa que los pasajeros de los vuelos transatlánticos
pueden ver. Ahí detrás se queda Dublín, y puedo imaginar a los chicos haciendo
su vida, aprendiendo a comportarse, a sumar, a aguantar el pipí, a hacer
amigos, a notar qué les hace únicos, que les pone tristes, cómo se ponen
contentos. Todo es intenso, instantáneo. Son geniales. Me llevo tantos
recuerdos conmigo de estos tres días! Supongo que su ausencia es un poco para
mí como el efecto de una sauna en los poros de la piel: se abre, es más
receptiva. Disfruto cada momento de verlos jugando, apasionados haciendo que
sus dinos de plástico o sus muñecos de lego (sus "guys" como les
llaman ellos) estén en un combate continuo. Constantemente demandando agua o
comida, impacientes, hasta impertinentes. Pero me encanta ver cómo poco a poco
empiezan a calmarse cuando les quiero hablar, atienden genuinamente a un
razonamiento, a un diálogo, a una explicación que les podamos hacer. Llevan
dentro su pesar por no tener a papi. Estoy seguro de que lo sienten tanto como
yo, pero su vida inmediata, con sus días cortos y sus años largos, justo lo
contrario de los mayores, no les permite comprender qué significa que papá se
vaya 2 meses o 6 semanas o siete días. Luego al llegar es formidable. Casi vale
la pena irse para reencontrarse. Casi. Cómo te miran, cómo te dicen
sinceramente que quieren enseñarte sus nuevos guys o cómo dibujaron esto o
aquello o cómo quieren que mire cómo juegan o que juegue con ellos.
El sábado
los llevé a GAA (deporte gaélico) por la mañana. Hace solo unos meses Aidan
detestaba cualquier sesión de deportes, era claramente algo que a él le quedaba
lejos de su zona de confort. No es un niño nacido para el deporte, como otros
que se ven en cualquier clase de cualquier deporte. Dotados para ellos,
coordinatos, muy centrados y dedicados. Aidan se distrae con un árbol, o
mirando hacia nosotros, o hablando con otro niño, o jugando con sus zapatos.
Pero unos meses después, Aidan va sin quejarse, y si bien todavía está muy
lejos de ser un pura sangre deportivo, y seguramente nunca lo sea (eso sería
una auténtica sorpresa genética), Aidan ahora está integrado, debidamente
interesado, completa las dos sesiones, fútbol gaélico primero, hurling después,
con sendos partidos al final de cada sesión. Es cierto que ayudó a romper la
dinámica negativa el que encontráramos (gracias destino!) a sus mejores amigos
del cole en la clase de GAA, pero también es cierto que ahora mismo, si un día
ellos no están, Aidan no se pondrá a llorar y querrá irse a casa. Y Dios sabe
que a Aidan le conviene hacer ejercicio y aumentar su capacidad pulmonar. El
crío madura a ojos vista, requiere menos atención ahora mismo que Tomás (quién
te ha visto y quién te ve) y hasta tiene permiso del médico para no tomar su
inhalador preventivo por estar en los meses cálidos, lo cual es un decir… He
oído que está bastante interesado en las sumas en clase y ayer intenté razonar
con él que intente ver lo que le gusta o lo que se le da bien en clase y que
intente llevarlo un poquito más al límite. Le decía que si se le daban bien las
sumas, que le pidiera a la profesora que le diera más o que las intentara hacer
más rápido. No soy competitivo y Olga tampoco lo es, pero sí me gusta que los
niños empiecen a conocerse a sí mismo y se empiecen a valorar por lo que son y
también por lo que no son. Me gustaría que exploraran todo lo que puedan y que
no tengan reparo en ir más allá si encuentran algo que les motiva. Es un
auténtico gustazo ver cómo ha madurado Aidan los dos últimos años, desde que
está en el colegio. Debe ser la corbata :) Tomás en cambio está pasando una
época dura. Le cuesta muchísimo escuchar a su cuerpo a tiempo y tiene todos
estos accidentes a diario. Parece que hay un componente psíquico claro, porque
parece que en el presschool no tiene accidentes. En casa, en cambio, está tan
enfrascado en sus peleas de dinos o legos que cuando nota que le viene, casi
siempre es tarde para la primera oleada… Es también un niño muy sensible y
usando el mismo ejemplo del GAA, Tomás no ha encontrado un amiguito con lo cual
se le ve timido. Solo con la presencia y constante ánimo del papá o la mamá
Tomás acepta seguir las instrucciones del entrenador. Pero no está muy atento,
y a poco que otros niños que están más a gusto en el entrenamiento por la razón
que sea: sus hermanitos lo han hecho durante años o sus papás jugaban cuando
eran críos con lo cual siempre han tenido pelotas o bastones de hurling por
casa o porque simplemente están más acostumbrados a jugar con otros niños en la
calle, a poco que esos niños le hacen una broma o se cuelan en la fila o le
tiran la pelota un poco más rápida o las instrucciones son difíciles de
entender, Tomás se viene abajo y me dice que está cansado y que no quiere
jugar. Y ahí se acaba todo. Puedo intentar hablar con él, o puede hacerlo el
entrenador o incluso algún niño. Tomi es como una mula. Terco como su padre y
terco como su madre. Sumados. Seguramente necesita tiempo como casi todos,
seguramente necesita un vehículo de integración (un niño que él conozca o la
simple práctica de ir cada sábado, o buen tiempo o nuestra presencia constante)
para romper la barrera y realmente hacer el entreno algo suyo, algo
disfrutable. Me imagino que en comparación con Aidan, Tomás siempre ha sido
determinado, bastante físico, bold, como dicen aquí (agresivo, fuertón), y esto
nos pilla de sorpresa. Olga y yo estábamos convencidos de que en cuanto
pusiéramos a Tomi a practicar cualquier deporte, iba a ser un líder nato, un
deportista intenso. Pues mira, va a ser que no. Insisto, hoy en día, observar
todo esto se está convirtiendo en mi actividad favorita, y por eso este viaje
de vuelta al estúpido assignment al que me veo condenado se hace más difícil de
asimilar, por mucho que pague las facturas y me mantenga ocupado. Cada minuto
que me pierdo de la vida de mis hijos es un tesoro que dilapido. Y ya sé que
pensaréis que estoy dramatizando, que lo estoy, porque hace 4 horas que los
despedí, pero a veces estas son las emociones que importan más, no las que
vienen acalladas por la rutina o por la lógica de que en muy poco voy a estar
de vuelta. También yo a mis 42 años sigo mirando lo que me gusta, cómo quiero
pasar mis días y claramente vivir con ellos mientras crecen es algo que he
infravalorado hasta ahora, quizás porque el paso de bebés a niños es cuando
papá se ha puesto las pilas o se ha conectado a tope con ellos.
No comments:
Post a Comment