Monday, May 26, 2014

El duro regreso

Aquí andamos, montados de nuevo en el avión, tratando de conciliar el sueño, intentando encontrar una postura que me ayude a poder dormir, sin demasiado éxito. Este es el primer avión, el que me aleja visualmente de mi familia en la pantalla del mapa que los pasajeros de los vuelos transatlánticos pueden ver. Ahí detrás se queda Dublín, y puedo imaginar a los chicos haciendo su vida, aprendiendo a comportarse, a sumar, a aguantar el pipí, a hacer amigos, a notar qué les hace únicos, que les pone tristes, cómo se ponen contentos. Todo es intenso, instantáneo. Son geniales. Me llevo tantos recuerdos conmigo de estos tres días! Supongo que su ausencia es un poco para mí como el efecto de una sauna en los poros de la piel: se abre, es más receptiva. Disfruto cada momento de verlos jugando, apasionados haciendo que sus dinos de plástico o sus muñecos de lego (sus "guys" como les llaman ellos) estén en un combate continuo. Constantemente demandando agua o comida, impacientes, hasta impertinentes. Pero me encanta ver cómo poco a poco empiezan a calmarse cuando les quiero hablar, atienden genuinamente a un razonamiento, a un diálogo, a una explicación que les podamos hacer. Llevan dentro su pesar por no tener a papi. Estoy seguro de que lo sienten tanto como yo, pero su vida inmediata, con sus días cortos y sus años largos, justo lo contrario de los mayores, no les permite comprender qué significa que papá se vaya 2 meses o 6 semanas o siete días. Luego al llegar es formidable. Casi vale la pena irse para reencontrarse. Casi. Cómo te miran, cómo te dicen sinceramente que quieren enseñarte sus nuevos guys o cómo dibujaron esto o aquello o cómo quieren que mire cómo juegan o que juegue con ellos.

El sábado los llevé a GAA (deporte gaélico) por la mañana. Hace solo unos meses Aidan detestaba cualquier sesión de deportes, era claramente algo que a él le quedaba lejos de su zona de confort. No es un niño nacido para el deporte, como otros que se ven en cualquier clase de cualquier deporte. Dotados para ellos, coordinatos, muy centrados y dedicados. Aidan se distrae con un árbol, o mirando hacia nosotros, o hablando con otro niño, o jugando con sus zapatos. Pero unos meses después, Aidan va sin quejarse, y si bien todavía está muy lejos de ser un pura sangre deportivo, y seguramente nunca lo sea (eso sería una auténtica sorpresa genética), Aidan ahora está integrado, debidamente interesado, completa las dos sesiones, fútbol gaélico primero, hurling después, con sendos partidos al final de cada sesión. Es cierto que ayudó a romper la dinámica negativa el que encontráramos (gracias destino!) a sus mejores amigos del cole en la clase de GAA, pero también es cierto que ahora mismo, si un día ellos no están, Aidan no se pondrá a llorar y querrá irse a casa. Y Dios sabe que a Aidan le conviene hacer ejercicio y aumentar su capacidad pulmonar. El crío madura a ojos vista, requiere menos atención ahora mismo que Tomás (quién te ha visto y quién te ve) y hasta tiene permiso del médico para no tomar su inhalador preventivo por estar en los meses cálidos, lo cual es un decir… He oído que está bastante interesado en las sumas en clase y ayer intenté razonar con él que intente ver lo que le gusta o lo que se le da bien en clase y que intente llevarlo un poquito más al límite. Le decía que si se le daban bien las sumas, que le pidiera a la profesora que le diera más o que las intentara hacer más rápido. No soy competitivo y Olga tampoco lo es, pero sí me gusta que los niños empiecen a conocerse a sí mismo y se empiecen a valorar por lo que son y también por lo que no son. Me gustaría que exploraran todo lo que puedan y que no tengan reparo en ir más allá si encuentran algo que les motiva. Es un auténtico gustazo ver cómo ha madurado Aidan los dos últimos años, desde que está en el colegio. Debe ser la corbata :) Tomás en cambio está pasando una época dura. Le cuesta muchísimo escuchar a su cuerpo a tiempo y tiene todos estos accidentes a diario. Parece que hay un componente psíquico claro, porque parece que en el presschool no tiene accidentes. En casa, en cambio, está tan enfrascado en sus peleas de dinos o legos que cuando nota que le viene, casi siempre es tarde para la primera oleada… Es también un niño muy sensible y usando el mismo ejemplo del GAA, Tomás no ha encontrado un amiguito con lo cual se le ve timido. Solo con la presencia y constante ánimo del papá o la mamá Tomás acepta seguir las instrucciones del entrenador. Pero no está muy atento, y a poco que otros niños que están más a gusto en el entrenamiento por la razón que sea: sus hermanitos lo han hecho durante años o sus papás jugaban cuando eran críos con lo cual siempre han tenido pelotas o bastones de hurling por casa o porque simplemente están más acostumbrados a jugar con otros niños en la calle, a poco que esos niños le hacen una broma o se cuelan en la fila o le tiran la pelota un poco más rápida o las instrucciones son difíciles de entender, Tomás se viene abajo y me dice que está cansado y que no quiere jugar. Y ahí se acaba todo. Puedo intentar hablar con él, o puede hacerlo el entrenador o incluso algún niño. Tomi es como una mula. Terco como su padre y terco como su madre. Sumados. Seguramente necesita tiempo como casi todos, seguramente necesita un vehículo de integración (un niño que él conozca o la simple práctica de ir cada sábado, o buen tiempo o nuestra presencia constante) para romper la barrera y realmente hacer el entreno algo suyo, algo disfrutable. Me imagino que en comparación con Aidan, Tomás siempre ha sido determinado, bastante físico, bold, como dicen aquí (agresivo, fuertón), y esto nos pilla de sorpresa. Olga y yo estábamos convencidos de que en cuanto pusiéramos a Tomi a practicar cualquier deporte, iba a ser un líder nato, un deportista intenso. Pues mira, va a ser que no. Insisto, hoy en día, observar todo esto se está convirtiendo en mi actividad favorita, y por eso este viaje de vuelta al estúpido assignment al que me veo condenado se hace más difícil de asimilar, por mucho que pague las facturas y me mantenga ocupado. Cada minuto que me pierdo de la vida de mis hijos es un tesoro que dilapido. Y ya sé que pensaréis que estoy dramatizando, que lo estoy, porque hace 4 horas que los despedí, pero a veces estas son las emociones que importan más, no las que vienen acalladas por la rutina o por la lógica de que en muy poco voy a estar de vuelta. También yo a mis 42 años sigo mirando lo que me gusta, cómo quiero pasar mis días y claramente vivir con ellos mientras crecen es algo que he infravalorado hasta ahora, quizás porque el paso de bebés a niños es cuando papá se ha puesto las pilas o se ha conectado a tope con ellos.

No comments: