Como suelen decir, hay que ser bien nacido y darle al César lo que es del César (o como nos decían en las clases de latín, César sólo hay uno, con lo cual lo del César era incorrecto). El César en este caso es la empresa para la que trabajo, ya sabes de quien estoy hablando.
Todo esto está llegando a su fin y ya no se salta un torero la sensación de fin de época que esto causa. Listas de lo que tengo que acabar en el trabajo y fuera, de lo que hay que comprar o visitar antes de que la vida vuelva a la normalidad. Haciendo balances me paso el día y despidiendo a los compañeros llenamos las últimas semanas. Todas las conversaciones a la hora del desayuno o el café giran entorno a las mudanzas, los kilos que se pasan de lo estipulado y si lo van a enviar por barco o por avión.
Y yo, que no tengo derecho a mudanza y sólo me puedo llevar lo que cabe en las maletas que traje, pues estoy concluyendo que lo más valioso que me llevo de aquí probablemente es lo que creé en los últimos fines de semana. Intangible pero visible. El esfuerzo hecho, la ilusión, la madurez como fotógrafo (aunque sea aficionado ya llevamos muchos años en esto, y no parece que vaya a decrecer), el lugar, la compañía, el momento, todo ha convergido en este viaje. Ha habido un claro componente de suerte que ha permitido que hayamos capturado imágenes de las que estaré orgulloso toda mi vida. Porque van más allá de la imagen, han requerido un esfuerzo que resiste cualquier juicio. Me lo he currado. Y aunque Ross, el chico que vino conmigo y que, por qué no decirlo, tiró del carro para hacer estas fotos, incluso cambiando mi destino inicial, me respeta como a un igual en este arte de la fotografía y sabe que sé tanto o más que él. Los dos íbamos como ninjas cambiando los ajustes de la cámara a oscuras, sabiendo que nos sabemos nuestras cámaras al dedillo y confiando en los resultados que cuando estás en el monte son poco claros.
Y esto, como puede atestiguar cualquiera que haya estado alguna vez satisfecho de un trabajo honesto y bien hecho, vale un Potosí. Y un Potosí de fotos me llevo.
La vida ha conspirado para que haya venido en un cierto momento de mi vida, unos años después de haberme pasado a la fotografía digital con mi D700, que todavía es mi compañera fiel, con todo lo que ha significado de pérdida de mucho de lo que aprendí con mi cámara de carretes y mis películas de blanco y negro. Otro caso de currármelo yo solito y de íntimo orgullo a prueba de idiotas que cuestionen su valor.
He pasado un tiempo tormentoso con eso, con la falta de tiempo por tener una familia joven y porque la empresa se empecinaba en mandarnos de viaje. Y ahi voy. La empresa nos ha tratado menos que bien, ya he hablado del tema. Pero gracias a que esta empresa a la que le dedico buena parte de mis mejores años en esta vida, está localizada en USA, en Oregon, y en Irlanda, pues ha permitido que este viajero de tiempo libre, este fotógrafo vago e intermitente, haya llegado en plenitud de facultades a una encrucijada que me ha llevado a viajar al Crater Lake de noche y a la semana siguiente a pasar muy buen rato con Ross y George haciendo tiempo para dejar que la luna se escondiera mientras bebíamos unas cervezas y escuchábamos a los Rolling Stones, en un lugar dejado de la mano de Dios, en el centro de Oregon, donde las luces de las ciudades cercanas no llegan con sus tentáculos. Y eso me ha hecho feliz. Mañana estaré apurado, agobiado y cabreado, pero hoy estoy admirado y agradecido.

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