supongo que este post sonará demasiado triste y hasta lo mismo alguien está tentado en poner algún comentario para animarme. Lo agradezco de corazón, como todos los comentarios que dejáis, pero realmente me apetece escribir esto para mí, para que algún día, si me apetece repasar cómo pasé estos meses aquí lejos de mi familia, pueda ver cómo fueron algunos momentos especialmente duros. La sensación de terrible tristeza al tener que despedir a tus hijos es horrible. No se la deseo a nadie. Ya sé que soy muy melodramático y que solo voy a estar 1 o 2 meses lejos de ellos, de sus ruidos y peleas, de sus eternas necesidades (paaaapiiii, maaaamiiii!) y de sus estupendas reacciones ante las cosas cotidianas que les sorprenden, pero quizás porque hacen la vida tan intensa, para bien y para mal, dejan un vacío enorme. El apartamento ha pasado de ser un lugar bullicioso lleno de dinosaurios, dibujos y niños corriendo a un lugar triste y vacío. Los cuatro hemos vuelto a ser una familia por unos días y hemos dejado el modo temporal un poco de lado, aunque haya sido temporal también el estar por aquí. Hemos dormido en 3 casas diferentes!
Tomás me ha hecho un dibujo precioso para que me acuerde de él cuando esté solo. Y Aidan me ha dejado el borrador de la postal que le ha mandado a Ms Harte, su profesora. Los dos se han despedido de mí más enteros que yo mismo (a penas entienden que no me van a ver en bastante tiempo) y siempre distraídos con cualquier cosita. Menos mal. Olga se vuelve a comer el marrón, por mucho que yo esté sin ellos. Espero que el viaje sea suave, aunque según escribo esto, ya sé que se calzaron un retraso de unas 3 a 4 horas en San Francisco. Pobrecitos.
Me he marchado del aeropuerto directo al trabajo y he tenido que poner la radio para distraerme de mis pensamientos tipo "por qué estoy haciendo esto? qué sentido tiene vivir así?". Luego, al volver a ver a los compañeros, que me han preguntado por estos días, me ha venido bastante tristeza. Sobretodo cuando Darren, que se supone que es el ambicioso y calculador de nuestro equipo me ha dicho que vaya a cenar con él hoy o mañana, que el shock después de dejar a los niños (él tiene dos niñas que le visitaron la semana pasada también) es brutal. Me ha enseñado que al llegar a Irlanda una de las niñas ha perdido un diente. Papá se lo ha perdido. Y es verdad, cada segundo con los niños pequeños puede ser un tesoro y sienta muy mal perdértelo porque no volverá nunca.
Cuando he llegado por la tarde, después de trabajar hasta un poco tarde y descomprimirme yendo a comprar unos piñones y unas avellanas a Trader Joe´s, mi super favorito, nada más abrir la puerta de casa me encuentro con los zapatos de Tomás que han dejado aquí porque estaban ya destrozados. Y claro, ha sido suficiente para tumbarme. Luego he recorrido la casa buscando rastros de los chiquitines y no ha sido muy agradable. Cada trocito de papel, cada toalla mal puesta, los gorros y guantes que se han dejado (se le pasó a Olga en la inspección, espero que el invierno esté tras ellos en Irlanda), los cereales de sus desayunos... todo me lleva a la memoria de los días pasados y a la amargura de no tenerlos más. También ha sido un gran viaje para mi pareja querida, Olga. Ha revivido muchas cosas buenas de cuando vivimos anteriormente aquí, ha disfrutado de unas buenas vacaciones en familia y hasta hemos logrado tener tiempo para que hiciera unas buenas compritas. Y todo ha cabido con creces en las maletas. Me alegro por ella también.
Ahora el reloj del que hablaba ayer empieza a contar en sentido contrario, a mi favor. Un intervalo bien largo, pero con un poco de suerte lo llenaré de muchas cosas que harán el reencuentro más vívido. Hasta pronto pequeñitos.

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